Nací en Crevillente en noviembre de 1991 y siempre
fui la niña rubia de los ojos muy oscuros. Con apenas tres años salía todas las
tardes de la guardería para comer en casa de mi abuela esos fideos, ese trozo
de merluza o cualquier otra cosa que, aunque no fuera de mi agrado, terminaba comiendo.
Cuando no llevaba ni dos añitos por el mundo ya parecía que no me iba a callar
nunca y hasta la vecina, de escucharme por el patio de la cocina entablar unos monólogos
que ni siquiera mi madre lograba entender, le dijo un día a mi abuela: “con lo
que habla esta niña, como poco nos va a salir ministra”. Obviamente yo no
recuerdo todos estos detalles, las anécdotas, los regresos de la guardería o la
celebración de la boda de mis padres a la que tuve la suerte de asistir, pero
como todos, imagino que a base de fotografías e historias que se desentierran
en las sobremesas familiares, nos vamos imaginando como sucedía todo, en cierto
modo recreamos nuestra propia infancia con la información que nos van prestando
los nuestros.
Tras esa época de mi vida llegó el momento de
mudarse a La Vila Joiosa, de donde es mi padre y donde he pasado unos dieciséis
años de mi vida. Fui al colegio como cualquier otra niña y disfruté como nadie
de los recreos a las 11 de la mañana, en los que tenías que engullir el sándwich
y el zumo a toda prisa para correr a reservar una pista de futbol, hacerte con
los columpios de la zona Este del patio del colegio o hacer el esprín de tu
vida para lograr ser el primero en tocar el palo de la canasta y así no pagarla
jugando al escondite. Recuerdo la ilusión con la que llegaba a casa el día que
el profesor nos pedía un cuento para la semana siguiente con motivo del
concurso Sambori; recuerdo el tiempo que dedicaba durante esas tarde a imaginar
una historia y consultarla con mis padres para que me aconsejaran en cada
momento; sin embargo no recuerdo que por aquellos tiempos pensase en estudiar
Periodismo en la universidad de Elche, ni en volver a vivir con mi abuela en
Crevillente porque está más cerca del campus que mi casa, pero sí estoy segura,
que en mi interior ya sospechaba que lo
de escribir podía ser lo mío. Y ahora aquí estoy, en la Universidad Miguel
Hernández haciendo realidad uno de mis sueños del que no fui consciente hasta
llegar a bachillerato, pero que sin duda me ha acompañado gran parte de mi
vida.
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