Desde que en 1948 se firmase la
Declaración Universal de los Derechos Humanos en París, han sido numerosos los
pactos internacionales a los que los Estados Miembros de las Naciones Unidas se
han ido adscribiendo, sin duda una muestra del compromiso teórico que existe
por parte los países más desarrollados con el cumplimiento y reconocimiento de
los derechos humanos en todo el mundo. Universalidad, indivisibilidad, igualdad
y no discriminación son algunos de los principios básicos de estos derechos,
adjetivos que quedan grandes a la realidad que vive la situación de los
derechos humanos en muchos puntos del planeta.
Europa no parece entrar en el
cupo de países donde los derechos fundamentales de las personas se ven burlados
constantemente, o al menos la apariencia indica eso. Sin embargo, cuando
dirigimos la mirada al Medio Oriente, la situación es cuanto menos alarmante.
Concretamente en la República Islámica de Irán (miembro fundador de las
Naciones Unidas), la falta de transparencia del sistema jurídico del país,
unido a los factores sociales y culturales, hace que el propio gobierno lleve a
cabo una violación casi constante de los derechos humanos.
En Irán, todo lo que sea
contrario a los intereses del gobierno está en el punto de mira. Desde abogados
defensores hasta blogueros, pasando por cineastas, periodistas, organizaciones
defensoras de los derechos humanos, líderes o activistas políticos, y una larga
lista de candidatos que sufren la presión de un gobierno que no duda en pasar
por encima del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos del que Irán
es Estado Parte. Para el gobierno de Mahmud Ahmadineyad, parece ser que todo
vale. La pena de muerte es empleada indiscriminadamente para deshacerse de
cualquier persona que moleste más de
lo que al Estado iraní le gustaría. Según datos publicados por las Naciones
Unidas, se ejecutan como mínimo una persona cada día en este país, donde
además, las mujeres son quienes se encuentran en la situación más
desfavorecida.
Buena parte de las violaciones a
los derechos humanos procedentes o consentidas por las autoridades del país
islámico están directamente relacionadas con las mujeres. Es cierto que la
cultura árabe por sí sola ya conlleva una discriminación del sexo femenino en
cuanto a la vestimenta o la posición social superior de los hombres, no
obstante en Irán la situación va mucho más allá: no se trata de un asunto
meramente cultural o religioso, sino que las mujeres están discriminadas tanto
legalmente como de facto, pues las propias leyes iranís las sitúan a ellas en
una posición inferior, otorgándoles incluso un valor inferior como personas.
Hasta que se produjo en este país
la Revolución Islámica en 1979, parecía que los derechos para las mujeres
estaban empezando a ver algo de claridad entre el machismo existente, sin
embargo, con la llegada al poder en 2005 de Mahmud Ahmadineyad, las breves
reformas llevadas a cabo en materia de género, han sido revocadas con la
instrucción de algunas normativas entre las que destaca el nuevo código
islámico, según publica Amnistía Internacional en su web.
En un país en el que la falta de
libertad de expresión, la pena de muerte y la discriminación de géneros son el
pan de cada día, chocan de frente unos derechos y valores en los que las
mujeres están desfavorecidas con unas cifras que revelan que desde finales de
los años ochenta en Irán hay más mujeres que hombres estudiando. Datos
positivos sin duda, pero que se ven lapidados por la prohibición para ellas de
ejercer en la práctica ciertas actividades profesionales como la de juez y, ni
soñar pueden con optar a la candidatura por la presidencia del país.
A los hombres se les reservan los
asientos delanteros en los autobuses públicos, el código penal iraní establece
que la vida de una mujer tiene la mitad de valor que la de un hombre y por lo
tanto el testimonio de un testigo varón cuenta el doble, ellas necesitan el
permiso de su esposo si quieren trabajar fuera de casa o salir del país, y un
larguísimo etcétera que prueba la discriminación que sufren las mujeres en Irán
(una situación más que extrapolable a muchos otros estados islámicos).
La información del exterior que
reciben en la República Islámica de Irán es cada vez más numerosa, a través de
los canales internacionales de televisión, pero el acceso a Internet sigue
estando muy controlado hasta el punto de ser las webs de activistas por los
derechos humanos uno de los principales focos del gobierno para la represión. Con
los sucesos de la Primavera Árabe el pasado año parecía que la sociedad
reclamaba un paso a delante, sin embargo, los gritos, las manifestaciones y las
revueltas ahora han quedado en un cambio real limitado, en esperanzas
evaporadas. El contacto con el resto del mundo y con ello la creación de
conciencia en los ciudadanos de que es necesario un cambio a favor del respeto
a los principios fundamentales de las personas, va acrecentando las ansias de
libertad especialmente entre muchas mujeres iranís. Una situación que, no
obstante, poco puede avanzar si se continúa con la, más que pasividad,
permisividad del resto de organismos internacionales que miran hacia otro lado
mientras que los abusos y la discriminación siguen presentes.
Este artículo ha sido publicado en la revista FemmeHoy
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